domingo, 10 de noviembre de 2013

Evaluación




Esta imagen refleja para mí lo que algunos docentes se limitan a considerar cuando hablamos de evaluación. Únicamente si lo que ha respondido el alumno en un examen está bien o está mal. La evaluación va mucho más allá y es mucho más compleja que eso.

Como hemos visto en clase, la evaluación debe ser de y para el aprendizaje, debe ser formativa, compartida, auténtica, justa... Cuánto hay detrás de cada una de estos calificativos... Yo me quedaría con que debe ser coherente y justa, porque probablemente si lo conseguimos lo demás viene solo. Con esto quiero decir que si somos coherentes a la hora de diseñar el proceso de evaluación de nuestros alumnos teniendo en cuenta cuáles son nuestros objetivos (que aprendan) y somos justos a la hora de evaluar teniendo en cuenta cómo se está realizando el aprendizaje de nuestro alumnado de forma global y no ciñéndonos a listas prefijadas de criterios que frecuentemente no tienen en cuenta los múltiples contextos de los estudiantes, seremos capaces de aproximarnos a una evaluación de calidad, compartida y para el aprendizaje.

Uno de los elementos de los que dispone el profesor a la hora de evaluar, al que históricamente se le ha dado mucha importancia, es el exámen. Al habernos enfrentado en clase a varios tipos de exámen (tipo test con y sin encabezado y de desarrollo sin aplicar y aplicando conocimientos) hemos vivido en primera persona lo que supone para el alumno y el docente utilizar un tipo u otro. Se dice que según usemos tipo test o desarrollo estámos promoviendo un aprendizaje más memorístico o más comprensivo, respectivamente, pero yo creo que la clave está en cómo se pregunta y no tanto en si usamos tipo test o desarrollo. Algo que sí es fundamental es no olvidarnos nunca del encabezado ya que puede provocar muchas dudas y conflictos a posteriori.

Lo ideal sería que la evaluación fuera por competencias pero esto ya son palabras mayores. Estaríamos hablando de un proceso más global y complicado en el que el examen dejaría de ser imprescindible. Tendríamos que diseñar procesos formativos más amplios y no sólo reproducir contenidos, comprobando que nuestros alumnos son capaces de aplicar sus conocimientos en diferentes situaciones.

En nuestra mano está.

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